Hostal bardo

 

Somos una manga de locos
que bailan como locos en un patio.
De lejos no nos distinguen
salvo los besos fuertes de emoción.
Tenemos algo en el pecho, azul,
blanco, y los pantalones se nos caen.
¿Tiene un cigarrillo? ¿cómo no? ¿diez centavos?
Nos metimos en una de amenaza,
pero las manos cuentan: no hay peligro.
Salvando que no aguantó más
y mató al padre,
y se persigue —ya le robaron—
qué tipo razonable: La locura es contagiosa.

El gris nebuloso de sol hace querer no salir.
Huimos del frío. Venimos en este país,
prófugos de paredes cubiertas de diplomas.
Cuartitos de cartón más oscuros que el invierno.
Algunos miran fijo. Las manos llenas.
¿Tienes un cigarrillo? Te doy un beso.
Qué-lé. Qué-lé. Aló. Upa-lalá.
Y esa música de dónde. No te pregunté.
Cómo sabés a quién te acercás.
Cómo supiste del que pinta bien.
Cuántos no se levantan.
Cuántos no pudieron elegir.
¿Qué mejor? ¿No tenés
un cigarrillo? Toma su tiempo.
La semana es larga. Contagia.
Y pedimos por qué.
Para ganar la vida. Hermosa
y triste a la mente.
Bien suministrados por la inminencia
de las fiestas. Somos acostumbrados
a esta medicación.

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