“… lo que sobra, el desperdicio es lo nuevo”

 

Había que apurar el trago:
la jarra de plástico no mantenía
ni el ambiente, ni los silencios.

Es escribir y pasarlo de ojo en boca en mano
o volando con brazadas y pataleo
hasta un bolichón de confianza
y pedir que se termine.
Silencio, quieto y sordo,
sin luz pero con la soga de la imaginación,
que pateen las vacas y de la bosta
se levante el perfume.
Intenté abrir los ojos y desgarrar
la gravedad. Pero eran tan agudas
las chicharras que aturden la conciencia
y el corazón es un hogar a leña,
convoca a… convoca a… convoca a…
necesitás brazos y orejas hábiles.

Juegos de palabras en pañuelos de papel
para que el azar hablara
de nosotros, por nosotros, salud.
Los vasos no producían el chinchín
alegre y transparente del cristal
y lo que surgía de la fonola
desconcertaba: no resolvía un estilo,
y encima el tobogán del volumen
aturdía o nos dejaba gritando
en el cambio de tema.

Pasto de ayer y qué hambre esa maña,
¿cómo querés? ¿no entendés que es un desierto?
Ya no se puede volver atrás, no hay nada…
más subís, trepás y tambalean
los cajones de manzana y el rock
de tus tripas, inundadas de sangre y mierda,
que estruja tus nervios y estallan millones
de cascotitos, pegaban en la ventana
y ella apretaba las rodillas ansiosa
de amor, rodeados de un humo espeso
pero aislados ¿y qué?

Otra pareja, en otra mesa,
a los arrumacos, y otra
calculaba golpes y efectos
y alteraba las convenciones.
Casi nos venden una más de prepo,
pero nos dimos cuenta
de que ya estaba, dejamos
un fondito de espuma
y volvimos al frío
camino a casa.

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